Desde que un amigo me habló de Valverde de los Arroyos, siempre tuve muchas ganas de visitarlo. Nunca veía el momento idóneo. Buscaba información, datos, fotografías en Internet y eso me incitaba cada vez más a conocerlo.
Por fin llegó ese ansiado día. Quería estar allí a la hora del amanecer, para captar ese mágico momento. Aunque no sabía cómo resultaría, puesto que el parte meteorológico daba nublado, con probabilidad de nieve. Así que calculé el tiempo de camino, teniendo en cuenta que no conocía la zona y sonó el despertador a las 06:00 de la mañana. Es un señor madrugón, si tenemos en cuenta que estaba de vacaciones. Pero estoy acostumbrado a ello y la situación lo requería. Así que la noche anterior me preparé todo el material, un tentempié y con todo salía de casa a las 06:30 am.
Fueron unos días muy fríos. Toda España estaba bajo un blanco manto de nieve y no sabía lo que me iba a encontrar. Llegué justo cuando ese tímido resplandor de luz se asoma por el horizonte y hace que la oscuridad se torne de un gris mortecino y se intuyan un poco las siluetas del paisaje que un momento antes era negrura absoluta. Paré un momento en la cuneta y aunque el termómetro del coche marcaba -1ºC, no podía dejar pasar esa vista del pueblo con sus cumbres nevadas encima. Me abrigué, cogí cámara y trípode y al toro.
Por fin llego a Valverde y dejo el coche en un parking tras subir una fuerte rampa. Sólo estoy yo. No se ve un alma y esta sería la tónica durante toda la mañana. Pueblo fantasma. Que por otra parte no me extraña, vistas las temperaturas reinantes por estos lares.
Por suerte, la previsión meteorológica no estuvo acertada y según iban asomando los primeros rayos de sol, el cielo se despejaba de nubes, tornándose estas de un color anaranjado característico, al igual que las cumbres nevadas del pico Ocejón y sus vecinos.
No lo dudé y con las manos ateridas del intenso frío, preparé el trípode, monté la cámara y empecé a sacar fotos, unas sin pensar en los ajustes y otras cuidando un poco más estos y buscando encuadres que me gustaran. No podía perder tiempo, porque estos momentos de mágica luz no durarían mucho.
Ya en el pueblo, las sensaciones me inundaban de recuerdos de tiempos pasados que ya no volverán. El aire frío, las calles desiertas, el olor a leña quemándose en las reconfortantes chimeneas. Sabor a pueblo. Según me adentraba en sus calles, en sus rincones, la belleza del momento me hacía sentir feliz, muy feliz. Buscaba localizaciones, encuadres que hiciesen perennes ese momento. Aunque vuelva, que sin duda volveré, la magia de la primera vez, es especial.
Así llego a una especie de plazoletilla rodeada de preciosas casas de pizarra, propias de la llamada arquitectura negra que impera por estos parajes y flanqueada por una bonita ermita. Es la ermita de La Virgen de Gracia, contruida en el año 1732 con sillares de pizarra y cuarcita y mampostería de caliza.
Justo al lado de los columpios se alzan tres bonitas casas rurales adosadas muy apetecibles para pasar unos días.
El dios Cronos es implacable y llega la hora de irme. Durante el camino de regreso no hago más que mirar atrás, como si no quisiera despedirme de la cascada. Y me hago una promesa a lo Terminator: VOLVERÉ. Tengo que hacerlo y además, subir al pico Ocejón. Me voy con un muy buen sabor de boca y con la cámara cargada de fotos para el recuerdo.



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